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Enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo. Enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño. Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida. Sin embargo, en cada vuelo, en cada vida, en cada sueño, perdurará siempre la huella del camino enseñado. Teresa de Calcuta






Y una mujer que sostenía un niño contra su seno pidió: Háblanos de los niños.
Y él dijo:
Vuestros hijos no son hijos vuestros.
Son los hijos y las hijas de la Vida, deseosa de sí misma. Vienen a través vuestro, pero no vienen de vosotros.
Y, aunque están con vosotros, no os pertenecen.
Podéis darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos.
Porque ellos tienen sus propios pensamientos.
Podéis albergar sus cuerpos, pero no sus almas.
Porque sus almas habitan en la casa del mañana que vosotros no podéis visitar, ni siquiera en sueños.
Podéis esforzaros en ser como ellos, pero no busquéis el hacerlos como vosotros.
Porque la vida no retrocede ni se entretiene con el ayer. Vosotros sois el arco desde el que vuestros hijos, como flechas vivientes, son impulsados hacia delante.
El Arquero ve el blanco en la senda del infinito y os doblega con Su poder para que Su flecha vaya veloz y lejana.
Dejad, alegremente, que la mano del Arquero os doblegue. Porque, así como Él ama la flecha que vuela, así ama también el arco, que es estable.
Erase una vez una frágil y ágil niña llamada Estherucita que nació feliz comiendo perdiz, porque no se perdió, por Dios, hace ya algunos años sin ni si quiera ella sospechar que eso de nacer iba a ocurrir. El lugar de cuyo nombre siempre me cuesta acordarme (que memoria la mía) es una bella localidad de la costa levantina, BETERA, et betera et betera...
Era, es (y será) una niña tan bonita y dichosa que sus papis, orgullosa de lo que habían creado, decidieron romper el molde... pero comiéndose el pan y mojándolo en aceite
porque era una niña muy pero que muy glotona....
Sus padres, que eran artesanos en hacer las cosas bien, le dieron una magnifica educación: la apuntaron justo enfrente de un colegio de pago que había en su barrio por si se le pegaba algo... y un día se le pegó el sarampión. Y ese sarampión era tan pesado que le tenia puesto los puntos a la pobre chiquilla...Y así se tiro una semana la pobre. Pero lo que el sarampión no sabía es que para vencer a Estherucita hay que ser un campeón
Estherucita creció muy feliz con el amor de su familia, la niña de sus ojos y en un pis pas se hizo de niña a mujer en menos que canta un kikirikiii y creció tanto y tanto como persona que un día se casó.
El afortunado joven, Francisco para su madre, Paco para su mujer y Currante cuando se iba a trabajar, era un mozuelo de muy señor mío que supo ver en Estherucita todas las cualidades que le atesoraban como persona y como mujer (es que a la joia no le falta de na, que to hay que decirlo).
(sigue en el blog de RAMPY)
